Seguramente ya habrán dado la alarma de mi fuga, pero tengo tiempo, todavía estarán intentando que Vlad se recupere. Ya viene el autobus. Antes de subir, echo un rápido vistazo a la calle, nadie me sigue...de momento.
El autobús está casi lleno, solo quedan dos asientos, y uno de ellos está ocupado por la funda de una guitarra o un bajo. El propietario de esta tiene mi misma edad, quizá un año más. Con los cascos puestos, marca el ritmo con los pies, enfundados en unas botas estilo militar negras. Lleva unos vaqueros oscuros rotos y una camiseta desteñida de los Sex Pistols.
De repente, el autobús da un frenazo, y yo me precipito hacia el suelo.
-Oye tía, ¿estás bien?-escucho una voz cálida y levemente ronca. Levanto la cabeza y doy de lleno con la mirada penetrante del chico de antes. Me tiende la mano para ayudar a levantarme, dudo un momento, pensando en lo que pasará, pero al final la acepto, agradecida. Al rozar su suave piel con las yemas de los dedos, me quedo completamente bloqueada, y una vertiginosa sucesión de imágenes pasa rauda por mi cabeza: Una iglesia; un ataúd; y un niño que llora ante la expresión serena de su madre, que jamás despertará.
Salgo del trance y clavo mis ojos avellana en los suyos, color gris, tiene unas manchitas negras cerca del borde, lo que hace que sus ojos parezcan mucho más claros de lo que son en realidad.
-¿Seguro que estás bien?-me mira preocupado. Asiento y le lanzo mi sonrisa más radiante. Él también sonrie y aparta la funda.-¿Quieres sentarte?
-Claro.-Me acomodo a su lado. Desprende un aura de calidez impresionante, atrayente.
-Soy Lucas.-El pelo negro y ondulado le cae sobre la frente, cubriendole la nuca y parte de las orejas. Lleva un pendiente plateado en el lóbulo derecho. Me muerdo el labio, nerviosa, y doy con mi piercing de semi-aro, también en el lateral derecho. Quizá sea arriesgado decirle mi verdadero nombre, ya habrán empezado a buscarme. No pararán hasta encontrarme, lo se.
-Yo soy Nana.
-Nana...significa siete en japonés, ¿no?.-le miro sorprendida mientras asiento, es la primera vez que conozco a alguien que lo sepa, aunque, la verdad, no he conocido a mucha gente.
"Experimento nº 7", así me llamaban todos en la organización. Sonrio y cambio rápidamente de tema.
-¿Tocas el bajo?-pregunto mientras señalo la funda entre sus piernas.
-Si, ¿quieres verlo?-Asiento enérgicamente. Baja la cremallera y saca un reluciente bajo color rojo.
-¡Por mi madre! Un Fender modelo American Jazz Bass standard, con cuerpo de fresno y diapasón de arce.-Me mira, impresionado, y yo le sonrío tímidamente.-Perdona, creo que me he emocionado demasiado.- Se rie a carcajada limpia, enseñando unos dientes perfectos, y me mira con los ojos brillantes.
-Está bien, me gusta tu entusiasmo.-Me sonrojo violentamente, lo que hace que se ría aún más, me arde la cara, pero al final, acabo uniéndome a su musical risa. Cuando dominamos la risa tonta, sigue hablando.-¿Tú tocas algún instrumento?
-Nunca he tenido oportunidad de aprender.
-Siempre se tiene oportunidad para aprender algo.-Bajo la mirada, triste, y con un hilo de voz respondo.
-No siempre.-No puedo evitar acordarme de aquella pequeña y fría habitación en la que me tenían recluida, amueblada solamente con una dura cama, un espejo sucio y, gracias a Dios, un váter y una ducha con agua caliente. Para lo único que podía salir de allí, era para que me hicieran análisis de sangre y experimentos varios, o, también, cuando cambiábamos de sede.
Lucas me mira, interrogante y preocupado. Posa su mano sobre mi hombro y me da un leve apretón.
-Hey, Nana.-le miro, intentando parecer alegre, no quiero que se preocupe por mi, no quiero que sufra por mi. Se percata de que no quiero hablar del tema. Que curioso, nos acabamos de conocer y es como si lleváramos toda la vida juntos. Me revuelve mi corta y despuntada melena castaña, con dulzura.-¿Te gustaría aprender a tocar el bajo?
-¡Sí, por favor!-Me quito la chupa negra para estar más cómoda, dejando ver mi camiseta casera de Dead is the new alive. Me aliso la falda de tablas con estampado escocés y acomodo con cuidado el bajo sobre mis piernas, cubiertas con unas medias de rejilla negra bastante desgastadas.
-A ver, coloca los dedos así...-me indica mientras dirige con maestría mis manos.-y ahora pulsea con la púa la última cuerda.
Me enseña algunas notas, reímos y hacemos un poco el pavo. Charlamos sobre música, literatura y cine gore y de terror; me cuenta cosas de su padre, es neurólogo, pero tiene un horario tan cerrado que apenas está en casa, al hablar de ello baja la voz y aparta la mirada. Le abrazo con todas mis fuerzas, intentando transmitirle todo mi apoyo, al principio se queda quieto, sin saber que hacer, pero finalmente se rinde, y me devuelve el abrazo. Sonrío para mis adentros, por que ese abrazo, es precisamente el que me hace ver que hay algo más alla de las paredes grises de aquella pequeña y fría habitación.
martes, 20 de abril de 2010
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