Bajamos del autobús y me da su número de móvil, yo le doy un beso en la mejilla a modo de despedida. Camino sin rumbo fijo, pensando que voy a hacer ahora, como voy a sobrevivir...me las apañare. No quiero volver a la organización; no quiero volver a escuchar cada noche los gritos desgarradores de los otros "experimentos", ni pensar con angustia en la forma en la que los estarán torturando en ese maldito momento; no quiero volver a tener pesadillas nunca más.
Entonces algo capta mi atención, el cartel de "Se busca dependienta." en el escaparate de una tienda de ropa gótica-heavy-punk. La tienda en cuetión se llama Crom Anaconda, y está en la calle Mariano Barbasan.
Entro con decisión y pisando fuerte con mis botas de boxeo negras. Tras hablar un rato con Liberto, el dueño, un hombre delgaducho y con la cabeza rapada, me contratan. Trabajaré a media jornada de 9:30 a 14:30. Ahora, una de las cosas que más me preocupa, es encontrar un sitio para dormir, se avecina tormenta.
Tiro mi mochila sobre la cama de la pensión en la que me alojaré, no es demasiado cara, y Marta, la casera, es muy amable y maternal. Me tumbo en la cama y miro, con una sonrisa irónica en los labios, mi DNI falso, en el que dice que tengo 18 años. Quien iba a decirles a los de la organización que este carné falso iba ayudarme en mi huida. Supongo, que a ellos no les venía nada bien tener a una menor, legalmente hablando, entre sus arcas. Alguien llama a la puerta, debe ser Marta. Efectivamente, al abrir me la encuentro con un plato de galletas y un vaso entre las manos. Me sonríe, y la dejo entrar.
-Se me ha olvidado decirte que cerramos la puerta a las doce de la noche, y ya de paso te he traido unas galletas de chocolate y nueces recien horneadas. Espero que te gusten, cielo.
-Muchísimas gracias.-Le doy un buen mordisco, y sonrío.-Están riquísimas.
-Me alegro. Te dejo el plato y un vaso de zumo en la mesa, ¿vale? Cuando acabes traemelo a recepción.
-Claro.-Cierro la puerta y me vuelvo a tumbar en la cama. Parece que las cosas, empiezan a ir mejor.
-Muchas gracias por tu compra.-Le tiendo la bolsa, co una sudadera de Nightmare Before Christmas y una falda de la marca Death Kitty, a mi clienta, una chica de largo pelo rubio, labios rojos y ojos color miel, mientras sonrio.-Vuelve pronto.
-Claro, si esta tienda es la polla con cebolla frita del Ikea.
Me rio por su ocurrencia, que tía más cachonda. Sale por la puerta alegremente.
-Nana, ¿podrías colocar los nuevos bolsos que hay en el almacén?
-¡Por supuesto, jefe!-Respondo, imitando el saludo de un soldado a su sargento. Entro en el polvoriento y oscuro almacén, en busca de las cajas que contienen los bolsos con dibujos de Favole, obra de Victoria Francés. Ya han pasado dos semanas desde mi huida, dos semanas desde que conocí a Lucas. En ese tiempo, no hemos parado de hablar por teléfono, y casi todos los días viene a verme a la tienda, justo después de salir del instituto. Frunzo el ceño, preocupada, aunque la gente de la organización no ha intentado atraparme todavía, se que me han encontrado. Solo están esperando el momento oportuno...
Una noche, me desperté entre gritos, presa de mis torturadoras pesadillas, que cada día eran más y más reales, me levanté abatida y me asomé a la ventana para respirar aire puro, intentando, sin éxito, despejarme. En la penumbra de la noche, cercano a una farola de luz amarillenta, un hombre fumaba un cigarrillo, protegiendose del frío con una gabardina negra. El hombre misterioso tiró la colilla al suelo y dió un paso hacia la luz de la farola, con una macabra sonrisa en los labios. Una sonrisa que reconocería en cualquier parte. La que protagoniza todas mi pesadillas. La fría sonrisa de Vlad.
Me apoyo en la pared del viejo almacén, inmersa en mis recuerdos y con los ojos anegados en lágrimas. Estoy muerta de miedo. Me enjugo las lágrimas y respiro hondo. Será mejor que salga ya con los bolsos, mi jefe se estará preguntando por que tardo tanto. Subo las escaleras, la madera cruje bajo la leve presión de mis converse all stars negras. Empiezo a colocar los bolsos en la estantería circular de la esquina, cerca de los cinturones y las pulseras de tachuelas, reservando los dos que tengan el dibujo más brutal para el escaparate.
Las campanillas de la puerta tintinean, un cliente entra. Me giro para darle la bienvenida con una sonrisa, que se ensancha todavía más al ver de quien se trata.
-¡Lucas!-Corro y me tiro a sus brazos, con tanto impetu, que casi hago que nos caigamos al suelo. Me aprieta contra él, rodeandome la cintura con los brazos. En cuanto le planto un beso en la mejilla, mi jefe hace uno de sus clásicos comentarios fugaces, esos que consiguen que me suba toda la sangre a la cara y hacen que me ponga roja.-Eh, tortolitos, si pensais daros el lote apartaos de la puerta, que me espantais a los clientes.
Me separo de Lucas y empiezo a balbucear:
-No...Él y yo no...vamos, que no estamos...-bufo, con una expresión enfurruñada, y mi jefe se rie.
-Hoy estrenan Alicia en el País de las Maravillas, de Tim Burton, ¿te apetece ir a verla al "Palafox"?-Me pregunta Lucas. Yo asiento, emocionada. Quedamos a las 18:00 en la puerta de la tienda.
Se que quizá no debería salir por ahí, que debería ir de la pensión al trabajo y del trabajo a la pensión, pero no puedo evitarlo, Lucas me hace sentir segura, me hace sentir libre.
domingo, 2 de mayo de 2010
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