sábado, 29 de mayo de 2010

Solo una mirada. 2ª parte.

Con el seco sonido de la puerta al cerrarse, Marina se inclina para enderezar la silla, tirada en el suelo, y ponerla en su sitio, junto a la mesa. Mira a su alrededor, desorientada, como si hubiera despertado después de tener un mal sueño. Cuando sus ojos captan la vieja y desgastada fotografía en blanco y negro de la familia, colocada sobre la repisa de la chimenea, se da cuenta de lo que ha pasado.

Ahoga un grito y se abraza a si misma, pero en la casa no hace frío, el frío lo lleva por dentro.

Una lágrima resbala por su mejilla, pero solo es la guía de todas las que le siguen, silenciosas, deslizándose lentamente por su piel lechosa, como en un desfile fúnebre.

Traga saliva con dificultad, intentando librarse del nudo de su garganta, pero no lo consigue. Quiere gritar, desplomarse en el suelo y no moverse, golpear con rabia lo primero que encuentre, correr sin rumbo...quiere dejar atrás la vida y no volver nunca más. Pero no puede, no mientras su hijo siga vivo. Resuelta, se traga las lágrimas que le quedan todavía por derramar, y devuelve a su sitio un mechón de pelo rebelde, que se ha escapado del agarre de las horquillas. Sube en silencio las escaleras hasta su alcoba, para ponerse su mejor vestido, el de los domingos. Ella bien sabe, al igual que el pueblo entero, quien vigila a los prisioneros cada noche a la luz de un quinqué, en la casona abandonada. También conoce su mayor debilidad: le gustan demasiado las faldas.

Poco después, sale de la casa al amparo de la noche. Camina decidida, dirección norte. En sus manos lleva una cesta con comida caliente y vino. No dejará a su hijo solo, no lo abandonará, no piensa permitir que, según dijo Miguel, lo apaleen como a un perro. Eso nunca.

Mientras, iluminada por la luna llena, la rosa empieza marchitarse.


La luz del quinqué titila, proyectando sombras fantasmagóricas en las paredes de madera carcomida; el olor a moho es insoportable, nauseabundo; las vigas crujen, produciendo sonidos extraños; y las ratas corretean aquí y allá, chillando, histéricas, como si tuvieran miedo de algo que se avecina. A Pascual Herrera parece no importarle todo aquello, de hecho, se siente como pez en el agua, porque esa vieja casona es su territorio; y el miedo, su elemento. Clava sus ojos negro petróleo en el prisionero, con una mueca macabra en los labios. El chico le desafía con la mirada, apretando la mandíbula para que su guardián no se de cuenta de lo que le tiembla. Sí, tiene miedo, lo admite. Antonio Garrido Montes, el chico más valiente y temerario de todo el pueblo, tiene miedo. Él ya sabía a lo que se enfrentaba, lo que podía perder aliándose con los rebeldes, pero ver morir a su padre...era demasiado. Cierra los ojos y lo ve: está tirado en el suelo, rodeado de musgo tintado de rojo; de su boca entreabierta cae un fino hilillo de sangre, tiene el mismo color carmín que el pintalabios de su mujer, ese que se da en las fiestas del pueblo; sus ojos verde aceituna miran sin ver, fijos por azar en el horizonte; en su mano derecha sujeta todavía el revolver, y en la izquierda, el relicario con la foto de su hijo y su mujer; su pelo castaño está sudado y manchado de tierra; huele a cadáver, a muerto; y lo peor, un tiro certero le perfora la cabeza.

Antonio traga saliva, no quiere llorar ahora, no piensa darle esa satisfacción a su guardián.

Cuando vio desplomarse a su padre en el suelo, se le paró el corazón, y todo pareció ir a cámara lenta. Los gritos de sus compañeros sonaban distorsionados en sus oídos. Alguien le tiraba de la camisa, apremiándole para que corriera; pero cuando los músculos de la mano de su padre cedieron, obligándole a abrirla, y vio el relicario, la cólera le cegó. Se zafó del agarre de su camarada y, pistola y cuchillo en mano, echó a correr hacia el asesino. Gritaba, con lágrimas en los ojos, y las manos le temblaban de rabia, pero eso no le impidió matar a sangre fría a los tres soldados que se interpusieron en su camino. Y fue ahí, tan cerca de la venganza, cuando le capturaron.

Mueve los brazos, haciéndose llagas en las muñecas con la basta cuerda que le ata a un poste maloliente. Le han pegado, pero no lo suficiente como para que le cueste moverse, estarán reservando sus mejores armas para mañana.

Pascual se rasca la cicatriz de la cara, que le recorre en diagonal los labios, llegando hasta su pómulo izquierdo. Dibuja una sonrisa burlona y se levanta, acercándose al chico con la escopeta en la mano. Con la punta del arma le alza la barbilla, mirándole desde todos los ángulos, y habla con su voz áspera:

-Vaya, vaya, parece que nos ha tocado un buen ejemplar. Eres joven y fuerte, y valiente, porque no decirlo, aunque idiota para tu desgracia.-Él se inclina, acercándose un poco más, y sigue hablando en un susurro ronco, que habría puesto la piel de gallina a cualquiera.-Pero dime, niñato,¿Tienes miedo de acabar como el asqueroso de tu padre?

Antonio, desafiante, le escupe a la cara. La saliva y la sangre del chico se mezclan con el sudor que empapa la pálida piel del hombre, resbalando por su nariz puntiaguda.

Pascual bufa, cabreado, y alza la escopeta para golpearle. Justo cuando está a punto de arremeter contra él, escucha un ruido de pasos a su espalda. Se vuelve, dando de lleno con una mirada femenina. La mujer avanza dos pasos, con una cesta en las manos. Al moverse, la falda blanca de su vestido se agita.

-¿Que haces aquí?-pregunta Pascual toscamente.

-Perdóneme, señor Herrera, pero he oído hablar de su buena labor para con la causa, y he decidido traerle comida caliente y vino, si a usted no le incomoda, claro.-Ella parpadea, batiendo sus largas y negras pestañas. Al decir “señor Herrera”, se nota un deje de emoción contenida.

-Pasa y sírveme la comida.-le ordena.

Ella deja la cesta en el suelo y saca una pequeña cazuela con estofado, que luego sirve en un plato; media barra de pan; y una botella de vino. Él come habido, y después descorcha la botella con los dientes. Da un largo trago, y no se da cuenta de que el chico y la mujer se miran de soslayo, diciéndose todo con solo una mirada. Cuando vuelve a mirar a la mujer, ella le lanza una media sonrisa pícara, y le habla con una voz grave y seductora:

-Puedo ofrecerle muchas más cosas, si usted lo desea.

Pascual ordena que no se le moleste hasta nueva orden, y cierra la puerta. Cuando vuelve a mirar a la mujer, medio sonríe, burlón. Se levanta y comienza a desabrocharse los pantalones. Con voz autoritaria y postura altiva le vuelve a ordenar:

-Túmbate, mujer.

Ella, obediente, se tumba bocarriba. Él se echa a horcajadas sobre ella, y empieza a besarle el cuello posesivamente, ante la asqueada mirada del chico, que intenta soltarse las ataduras. Entonces, y de forma disimulada, la mujer mete una mano en la cesta, cercana a ellos, y saca el martillo de piedra de un mortero. Le golpea la nuca con fuerza, con rabia y odio contenido, dejándolo inconsciente.

Se lo quita de encima como puede, a duras penas, y le pega un puntapié en la cara. Aunque ella lo había planeado así, por un momento se había sentido violada, sucia.

Corre hacia su hijo, y corta las cuerdas con la navaja del inconsciente. Se miran durante un momento, apenas una fracción de segundo, y se abrazan como si la vida les fuera en ello. Marina besa con infinita ternura la frente ensangrentada de Antonio, y le ayuda a levantarse.

Agarrados de la mano, escapan sigilosamente por un agujero de la pared trasera, saliendo a la protección que el bosque puede otorgar.


-Volveré a por usted, madre. Se lo prometo.

-Ahora corre, hijo, reúnete con tus compañeros. Corre y no mires atrás.

Antonio echa a correr, alejándose de la pequeña casa de la colina, de su madre, y la noche le engulle. Marina sigue con la mirada fija en el sitio que su hijo acababa de abandonar. Suspira y entra en casa, cerrando la puerta con llave tras de sí. Le ha costado mucho convencer a su hijo para que se fuera, le duele en el alma, pero no le queda otra alternativa. Cuando los soldados se hubieran

dado cuenta de que el prisionero había escapado, y con el esa mujer vestida de blanco, lo primero que habrían hecho, sería ir a buscarle a su casa, y entonces...le habrían matado, allí mismo, delante de sus ojos grandes y oscuros.

De repente, el perro se pone a ladrar. Marina da un respingo, asustada. ¿Quién puede ser a esas horas de la noche? Aporrean la puerta con fuerza, y su lúgubre sonido resuena por todos los rincones de la casa. Un hombre grita, despótico. El extraño no se hace de rogar, y tira la puerta abajo. Afuera está muy oscuro, y los rasgos del hombre no se distinguen. Entra en la casa, seguido de unos hombres vestidos de uniforme, y la escasa luz de la luna le alumbra. Una enorme cicatriz le afea la cara, blanca como la cal. Al hablar, su voz macabra parece la de la mismísima muerte:

-Es ella.

Todo sucede muy rápido: Los soldados la prenden, ella intenta resistirse, pero son demasiados; le vendan los ojos, y le obligan a caminar a punta de pistola; cuando se los destapan, se encuentra en un terreno casi desprovisto de vegetación alguna, seguramente en las afueras; y la acorralan contra un árbol de tronco endeble y ramas retorcidas, con las manos atadas a la espalda.

Pascual se acerca a ella, con sangre seca en la nuca, y le agarra por la barbilla, mirándole con asco.

-¿Unas últimas palabras, mujer?-Marina le mira desafiante, tragándose el miedo y las lágrimas de rabia e impotencia, y habla con voz firme:

-Mirad a vuestro alrededor. Algún día, esta etapa de prejuicios e injusticia terminará, y entonces, os daréis cuenta de lo que realmente importa: el amor y la ayuda al prójimo. Os daréis cuenta de que todos somos iguales, todos, sin tener en cuenta la raza o el sexo, porque todos, tenemos corazón. Vamos, solo una mirada, una nada más, y veréis, que el dinero y el poder no lo son todo, que lo único que nos hace personas de verdad, es ayudar a los demás.

-¡Ya has hablado suficiente!-Pascual encolerizado, le golpea en la cara. La sangre resbala por la nariz pequeña de Marina, tiñéndole la piel. Él se hecha hacia atrás y levanta la pistola. Sin vacilar, sin pensar en lo que acaba de oír, dispara.


A lo lejos, Antonio divisa la pequeña casa de la colina, su hogar. No debería estar aquí, lo sabe, hace apenas un día que su madre le ayudo a escapar, pero aquella mañana ha tenido un mal presentimiento. Está a unos pocos metros, unos cuantos pasos más y se asegurará de que ese mal presentimiento era solo eso, un mal presentimiento. Los pasos sigilosos se vuelven más rápidos, menos cautelosos, hasta acabar convirtiéndose en zancadas. Llega al umbral de la puerta, y sabe que todo ha salido mal:

Han echado la puerta abajo; el suelo es un mar de platos rotos y añicos de cristal, casi parece un cielo estrellado; y su madre no está.

La llama a gritos, pero nadie contesta; recorre cada uno de los más recónditos rincones de la casa y el huerto, pero no encuentra a nadie; no hay nada, ni una señal, ni una nota, nada.

Entre los cristales rotos, cercanos a la chimenea, encuentra la fotografía que antes estaba en la repisa. La observa detenidamente: su padre, su madre y él sonríen desde la instantánea, acurrucados bajo un árbol que les da sombra, ese árbol que talaron para hacer leña a poco de empezar la guerra.

Una lágrima resbala por su mejilla, cayendo sobre el papel. Mira de soslayo la mesa, la rosa roja sigue marchitándose, derramando pétalos sobre el mantel blanco. Los pétalos marchitos tienen el mismo color que la sangre de su padre, que el pintalabios carmín para los días de fiesta en el pueblo, el mismo color...que empapó ayer el vestido de los domingos de su madre, blanco igual que el mantel.

Suspira entrecortadamente y se seca las lágrimas, que no dejan de correr. Suspira, y guarda la fotografía en el bolsillo de su pantalón oscuro. Suspira una y otra vez, porque sabe, solo con echar un vistazo a la casa abandonada, que para él nada volverá a ser lo mismo.

Porque solo una mirada vale más que mil palabras.

martes, 11 de mayo de 2010

ILAÇ. Prólogo

Siempre he pensado que moriría de viejo. Pelo cano; sentado en un sillón orejero, cerca de la chimenea; con las piernas cubiertas por una manta de lana oscura; y las gafas apoyadas sobre la punta de mi nariz. Siempre he pensado que moriría sereno, con una taza de café caliente aún entre las manos arrugadas, igual que mi abuelo.

Pero no tengo 87 años, sino apenas 19; y este baño unisex de una discoteca de mala muerte, no se parece en nada al salón de mi casa...Y tengo miedo.

Me agarro a la blanquecina taza del váter, desesperado. De rodillas en el suelo, me clavo cristales en las piernas, seguramente de alguna botella rota, y no dejo de vomitar.

El olor amargo de la bilis se mezcla con el clásico y desagradable hedor de baño pútrido, produciéndome más arcadas. En pocas palabras: Apesta.

Salgo del cubículo maloliente a duras penas. Mis piernas tiemblan, adormecidas, y apenas puedo caminar. Me apoyo en la pila del lavabo para no caerme. La luz amarillenta del fluorescente y la música distorsionada que suena al otro lado de la puerta, me taladran la cabeza.

Se lo que parezco, un borracho, un irresponsable que se ha alcoholizado sin conocimiento. Pero no es el caso, hace semanas que no bebo, y esta noche no es la excepción. No he probado ni una gota, absolutamente nada.

Un par de chicas entran en el baño, canturreando la consigna que se había puesto de moda hará un par de días: "La música es mi droga".

Drogas...que sabrán ellas. Cuando se dan cuenta de que estoy aquí, me miran con curiosidad, intentando sacar algún buen cotilleo para comenzar un rumor. Estúpidas.

-Fuera.-Les ordeno con voz ronca. Ellas cuchichean, sin dejar de mirarme. Me giro hacia ellas con brusquedad, con furia, y les grito.-¡HE DICHO FUERA!

Ellas salen del baño, asustadas, y me dejan solo.

Respiro entrecortadamente y la tos me embiste la garganta. Escupo saliva y sangre sobre las baldosas sucias, me cuesta hasta parpadear.

Me miro en el espejo agrietado, y lo que veo me da asco:

Mi piel está de un blanco enfermizo; un hilillo de sangre mancha la comisura de mis labios, secos y pelados; tengo unas ojeras muy marcadas, oscuras e hinchadas; el pelo negro se me pega a la frente a causa del sudor, un sudor frío y desagradable; tiemblo; tirito...y mi reflejo me devuelve la mirada, con sus ojos azules inyectados en sangre.

Saco el móvil del bolsillo de mis vaqueros caídos, y marco el número de Nora con dedos temblorosos. Su voz dulce me contesta desde la otra línea:

-¿Diga? Yo misma al habla.

Aspiro aire y trago saliva, pero no digo nada. Ella insiste:

-¿Hola?, ¿hay alguien ahí? Eo-Eo.

-Perdóname.-Mi voz se quiebra y una lágrima resbala por mi mejilla. Ella, estupefacta, balbucea mi nombre. Pero yo cuelgo, sin añadir nada más, dejándola con las palabras en la boca.

Me apoyo en la pared, abatido, soltando lágrimas como un descosido, y me dejo resbalar hasta el suelo. Aprieto los ojos con fuerza e inspiro hondo.


Siempre he pensado que moriría de viejo, y me equivocaba. Porque mi corazón, ha dejado de latir.


El Mordisco de Lucifer. Capítulo 1:¡Empieza nuestra nueva vida!

Los pies de Meggie estaban tan fríos que apenas sentía los dedos, a pesar de que llevaba las botas del otro mundo. Durante la marcha interminable de los últimos días todos ellos habían comprendido lo bien que habían cobijado la cueva del cercano invierno...y lo finas que eran sus ropas. La lluvia era aun peor que el frío. Goteaba de los árboles y transformaba la tierra en barro que por la noche se helaba. Ya se había torcido el pie una niña y ahora la llevaba Elinor en brazos. Todos ellos cargaban con...

La voz de mi madre interrumpió mi absorta lectura:

-Cielo, no leas en el coche que te marearas.- Mi madre me miró desde el asiento del copiloto, con una agradable y cariñosa sonrisa en los labios. Me miró con cariño y se formaron unas ligeras arruguitas en el rabillo de sus ojos color hielo. Se soltó un mechón caoba de su perfecto moño bajo, contrastando con la lustrosa piel blanca de su afinado y femenino rostro. Era una mujer muy guapa.

-Está bien, mamá.- Puse el marca páginas y cerré el libro: “Muerte de tinta, por Cornelia Funke”, el último libro de mi trilogía favorita. Lo metí con cuidado en mi mochila. Le devolví la sonrisa, con cariño. Miré por la ventanilla, un sol resplandeciente lucía en lo alto de un cielo tan azul y despejado que parecía casi surrealista, más propio del verano que del fresco otoño que pronto empezaría, “buen presagio” había dicho mi madre. Miré la hora en el reloj atado a mi muñeca derecha. Las manecillas marcaban las 10:40.- ¿Queda mucho para llegar?

-No, ya casi estamos.- Mi padre, al volante de nuestro coche (un antiguo Volkswagen “escarabajo” negro al que le habían cambiado alguna que otra pieza para que aguantase lo mismo que un coche del siglo XXI), era un hombre de mandíbula cuadrada, corto y rizado pelo negro, y ojos color chocolate, al igual que los míos.- Pronto empezara nuestra nueva vida.

Sonrió y palmeó la rodilla de mi madre con cariño.

-Karen, dame una galleta.- Mi padre abrió la boca y Karen, mi madre, le metió una galleta de chocolate entre los dientes, mientras reía.

Nuestra nueva vida, mi madre era médico cardiólogo y mi padre era el jefe y chef principal de su restaurante “El valle de las hadas”. A mi madre le habían trasladado al Hospital Royo Villanova, en Zaragoza, así que para mayor comodidad, en cuanto a moverse de casa al trabajo y del trabajo a casa, tuvimos que dejar nuestro pequeño piso en el centro de la ciudad y mudarnos a un adosado cerca de las afueras. No me importaba en absoluto cambiarme de casa, pero si me daba un poco de mala espina dejar a mi grupo de amigos e ir a un instituto donde no conocía a nadie.

Mi padre aparcó en el badenn de la casa, me desabroché el cinturón y salí del coche de un salto. Tuve que hacer algún que otro malabarismo para que no se volcara el contenido de la mochila de pana morada que llevaba colgada a la espalda, la cual no había conseguido cerrar, pues estaba a rebosar de pinturas de colores, lápices, libros que hablaban de lugares fantásticos, cómics manga, y mi cuaderno de dibujo.

Una hilera de casas de dos plantas, con buhardilla y jardín, se extendía a lo largo de la calle. Nuestra casa en particular, era maravillosa (bueno, a mi me lo parecía, claro). Se alzaba majestuosa y de aspecto antiguo, con las paredes de madera blanca y las puertas y contraventanas negras, también de madera, había una ventana redonda, por donde cabría perfectamente mi delgado cuerpo, la ventana de la buhardilla. Una escalinata de madera subía hasta el porche, donde había una mesita de forja y un par de sillas de mimbre al lado de la puerta acristalada de la entrada, en cuyos cristales, al reflejarse la cálida luz del sol, bailaban unos haces de luz de tonos arco iris. Una de las paredes de la casa estaba cubierta por una oscura hiedra.

Nuestro jardín era uno de los pocos que tenía un árbol (u otro vegetal vivo, que acompañase al perfectamente cortado césped de un esplendoroso verde, creciendo en la tierra y no en macetas o tiestos de barro), la hierba estaba cubierta de un manto de hojas rojizas y anaranjadas que habían caído de nuestro grueso y viejo roble, situado en la esquina izquierda más próxima a la calle y también la más alejada del garaje, una de las ramas del roble era perfecta para construirse un columpio. Miré embobada la casa. Los ojos me brillaban de pura emoción y una sonrisa que mezclaba felicidad y una turbadora euforia afloró con rapidez a mis gruesos y sonrosados labios nada más fijar la vista en aquella encantadora casa, que tanto me recordaba al antiguo caserón de la novela “Las Crónicas de Spiderwick”, otro de mis libros predilectos.

-Preciosa, ¿Verdad?- preguntó mi padre mientras abría el maletero y empezaba a sacar las cajas que no se había llevado el camión de la mudanza.

Asentí con lentitud y me giré para coger la pequeña y sorprendentemente pesada caja de cartón que me entregaba mi madre, y que rezaba las palabras “FRAGIL” en un lateral y “VAJILLA” en el otro. Empecé a caminar con la caja en las manos, mientras mi madre se adelantaba y abría la puerta de la casa con sus nuevas llaves. La brisa agitó levemente unas campanillas plateadas que colgaban del techo, dentro de la casa, su plácido tintineo me supo a gloria. Me paré a mitad del sendero de pulcra piedra blanca, que iba desde la acera hasta la escalinata del porche, cerré los ojos con una ligera sonrisa, y dejé que la misma brisa que había agitado antes las campanillas, sacudiera ahora mi rizada cabellera rojiza (ya lo se, ¿de dónde he sacado mi melena pelirroja si mis padres no tienen ese color de pelo tan llamativo? Sencilla respuesta: soy adoptada).

La brisa trajo un olor a tierra mojada y hoguera, proveniente del jardín de la casa a la izquierda de la nuestra, que me embriagó. Arrugué mi pecosa y respingona nariz, por un instante aquel delicioso olor se había transformado en un desagradable hedor propio del azufre, relajé el rostro cuando volvió a su exquisito perfume anterior.

Sentí una aguda punzada en las sienes. Abrí los ojos de golpe y giré la cabeza precipitadamente hacia el chico, de unos 17 años más o menos, que recogía hojas con un rastrillo en el jardín de la izquierda, y que ahora clavaba en mi sus ojos verdes, casi fosforitos, hipnotizantes y penetrantes, con un semblante serio, preocupado y sorprendido a la vez, sobretodo preocupado. Al clavar mis ojos en los suyos, un escalofrío recorrió vertiginoso todo mi cuerpo, haciendo que cada una de mis neuronas se concentrara exclusivamente en hacer bullir la sangre que corría por mis venas. Empezaron a pitarme los oídos. Por unos instantes mi mente se quedó en blanco y solo podía mirarle a los ojos. Mi cuerpo no respondía, ni mi mente; no podía dejar de mirar esas cautivadoras orbes color verde fosforescente que tenía por ojos, de hecho no quería dejar de mirarlas. Una hoja otoñal, movida por la brisa, se cruzó en mi campo de visión, y cuando conseguí apartar la mirada de sus ojos verdes, sacudí confusa la cabeza. Analicé todos y cada uno de sus rasgos al detalle: el pelo negro y desaliñado, como recortado a golpe de navaja; la piel de apariencia suave, aceitunada, tirando a morena; las manos anchas, sujetando firmemente el mango del rastrillo; los labios finos; la nariz recta, de perfil griego; una camiseta color chocolate, ni muy ancha ni muy ajustada, que marcaba los músculos de los brazos y la espalda, arremangada hasta los codos; los vaqueros oscuros, desgastados aposta a la altura de la rodilla; unas zapatillas negras; y una fina cadena de plata, que se escondía bajo el cuello de la camiseta. Todo él en si era de una perfección sublime, irreal. Demasiado bello para ser de este mundo. Seguía mirándome con esa extraña expresión que mezclaba tantos sentimientos en su perfecto rostro.

Noté como el calor subía rápidamente hasta mis mejillas, tiñéndolas violentamente de un fuerte carmesí. Sus ojos seguían clavados en mi, mientras yo me apresuraba a caminar hacia la puerta abierta de la casa, con la mirada gacha. Me tropecé con mis propios pies y caí de bruces al suelo, aun manteniendo la caja en alto. Mis padres se acercaron a mi con cara de preocupación.

-Cielo, ¿Te has hecho daño?

-Estoy bien, mamá. Lo que me preocupa es la vajilla.-Contesté mientras mi padre me ayudaba a levantarme.

Me sacudí la ropa mientras mi madre hablaba sin parar.

-La vajilla esta bien, pero si se hubiese roto habríamos comprado otra. Lo importante es que no te has hecho daño tu y...

-Karen, tranquila.-le cortó mi padre.-Con la de veces que la niña se ha caído a lo largo de su vida, no creo que haga falta que te preocupes tanto.

Niña, 16 años recién cumplidos y aun seguían llamándome niña. En fin, son mis padres, que más da.

-Vale, vale. Venga, vamos a terminar de meter las cosas en casa.-dijo mi madre, entrando en la casa con unas cuantas cajas en las manos, entre ellas la vajilla.

Cogí las pocas cajas que quedaban en el coche y cerré el maletero.

Al llegar a la escalinata del porche, me giré hacia el misterioso chico del jardín de al lado. Se había dado la vuelta, sujetaba el rastrillo con una mano, con tanta fuerza que podría partirlo por la mitad, y cargaba al hombro una bolsa de basura llena de hojas caídas. Caminaba, casi corría, hacia su casa. De repente, se detuvo y giró la cabeza, lanzándome una nerviosa mirada de reojo. Agarró con más fuerza el rastrillo, crispando los dedos, tiró la bolsa de basura al contenedor de la calle y entró en su casa, dando un portazo.

Un carraspeo me sacó de mi ensimismamiento, me giré y vi a un hombre bajito y regordete, con un bigote negro tan denso como el de una morsa, vestía un mono azul oscuro y una gorra con el logotipo de la compañía de mudanza que había contratado mi padre. Aquel hombre me recordó terriblemente a Super Mario Bros.

-Hola, vengo a entregar unos muebles a nombre de Juan Reynes. ¿Es aquí?

-Si, si, aquí es.-respondí apresuradamente-Espere un momento, que voy a avisar a mi padre.

Entre en casa y le dije a mi padre que los de la mudanza ya habían llegado, y salió a firmar el recibo.


Me apoyé en el marco de la puerta de mi habitación, situada en la buhardilla, y observé orgullosa mi cuarto, decorado con muebles de estilo gótico-vintage. Acababa de darle el último toque con unas fotos y algún que otro póster desperdigados magistralmente por la pared, y había quedado realmente bien. Hacía poco que habíamos terminado de desembalar las cosas y ponerlas en su sitio.

Ya era de noche. Me puse mi pijama de la marca Skelanimals y bajé a la cocina para poner la mesa y ayudar a mis padres con la cena. Mañana empezaría en el nuevo instituto.

El Mordisco de Lucifer. Prefacio

Me apoye en la dura y fría pared de roca grisácea, que se extendía a lo largo de aquel interminable lugar, secándome el sudor de la frente con el dorso de mi temblorosa mano. El improvisado vendaje de mi pierna estaba empapado con la sangre del profundo corte que me había hecho en la rodilla con anterioridad, en los alrededores del Lago Sâfis. Llevaba caminando mucho tiempo, estaba agotada y, para que ocultarlo, muerta de miedo. Miré de reojo la entrada de la cueva que se abría en la pared, a escasos metros de mi, infestada de huesos y manchas de sangre seca. Tragué saliva.

Saqué una tiza blanca de mi mochila, para dibujar sobre la pared una flecha en sentido contrario al que me dirigía, marcando así el camino de vuelta. Al posar la tiza sobre la piedra, esta se partió en dos, una mitad quedo en mi mano y la otra cayó al suelo. El sonido del choque retumbó por el lugar, provocando lo que yo evitaba en aquel angustioso territorio para no ser descubierta. Ruido.

Un atronador gruñido gutural salió de la cercana cueva, estremeciendo cada célula de mi cuerpo. Me giré con lentitud, mirando fijamente las tinieblas que emanaban de la caverna y esperando lo peor. El suelo empezó a temblar bajo mis pies, y ante mi apareció un monstruo. Centelleantes escamas cubrían su gigantesco cuerpo; miles de estrías surcaban sus amarillentas garras; sus afilados y ponzoñosos colmillos chorreaban saliva, ácida y corrosiva. Volvió a gruñir, aspirando aire, deleitándose con el olor de mi sangre.

Quería gritar, pero mis cuerdas vocales parecían haberse paralizado por el miedo, aunque, ¿de que me serviría chillar ahora?, nadie que pudiera ayudarme me escucharía en este desamparado lugar, estaba sola.

El mounstro flexionó sus patas traseras, preparado para saltar, y con fiereza, se abalanzó sobre mí.

Solo una mirada.

España, 1940.

La luz del sol de la tarde entra por la ventana, iluminando las paredes blancas de la casa y la decoración austera. Una avispa vuela rauda, atraída por el polen de la rosa roja que decora la mesa. La flor bebe agua en su pequeño jarroncito gris-azulado, contrastando con el color claro del mantel.

Una suave brisa mece las copas de los árboles, llevándose consigo semillas que aterrizaran en algún lugar, quizás cercano, quizás lejano, y, llegado el momento, brotarán. Un gorrión trina, sobrevolando la pequeña casa de la colina. Es un día cálido y apacible, y parece mentira que, hace apenas un año, haya terminado la Guerra Civil.

Marina Montes está preocupada, sí, lo está, y mucho. Sentada en una silla de madera oscura, se retuerce las manos sobre el delantal manchado de tierra, mirando fijamente la puerta de entrada. Las patatas que recogió hace horas en el huerto siguen todavía en la cesta de mimbre, sin pelar y manchadas de greda; el arroz de la cazuela, que descansa sobre las brasas apagadas de la chimenea, ya se habrá pasado, pero a ella le da igual. Su marido Salvador y su hijo Antonio han partido de madrugada hacia la profundidad de los bosques, para encontrarse con el pequeño grupo de maquis que se esconde en las montañas. Han partido ya hace mucho, y aún no han vuelto.

Nerviosa, se pasa las manos por el pelo castaño y levemente canoso, recogido en un moño sencillo; se alisa innecesariamente la falda marrón de cuadros, esperando escuchar el ladrido del perro, avisándole de si alguien viene. Y entonces, ante el sonido de unos pasos enérgicos y acelerados, el perro se pone a ladrar. Marina se levanta con tanto ímpetu de la silla, que la tira al suelo. Con el corazón en un puño, sale afuera. A lo lejos, entre las sombras de los árboles, distingue una silueta. Solo una. Viene corriendo, y cuando está más cerca, le ve. Se trata de Miguel, un chico cuyo hermano mayor pertenece al grupo de rebeldes, ese grupo con el que su familia ha ido a reunirse.

Marina entra en la casa, acompañada de Miguel, y cierra la puerta tras de si. Lo mismo hace con la ventana y las cortinas. Se gira hacia el niño, pero él no se atreve a mirarle a los ojos:

-Miguel, ¿qué ha pasado?, ¿tienes noticias?-Él solo asiente, pero no dice nada más. Se acuclilla frente al niño y le agarra por los hombros, sacudiéndolo con ligereza.-¡Miguel, por favor, ¿qué ha pasado?!

El niño clava sus ojos azules en los de ella, pardos, y Marina Montes, solo necesita esa mirada inocente, esos ojos llorosos, para saber que algo ha salido mal. Miguel habla al fin, con voz cascada y temblorosa:

-Hubo una redada, los nacionales les salieron al paso. Han caído muchos hombres, señora Marina, demasiados. Mi hermano...intento sacarlos de ahí...pero ya era tarde...yo...yo...¡Lo siento tanto señora Marina, lo siento tanto!-El chiquillo rompe a llorar en sus brazos, dejando de lado la faceta de hombre de la casa que había tenido que adoptar, volviendo a ser por un instante, el niño desconsolado que la guerra se había llevado.-¡Su marido...el señor Salvador. Lo siento tanto!

Ella, aún acuclillada, siente que algo se le rompe por dentro. Mira al niño sin ser consciente de hacerlo, y sus manos, aflojan lentamente el agarre en torno a sus bracitos. Él se seca las lágrimas con las mangas de su camisa, y sigue hablando:

-Pero Antonio sigue vivo, señora Marina, sigue vivo. Lo retienen en la casona abandonada cerca del pajar, se dice que lo torturaran hasta que les cuente lo que necesitan oír. No podemos dejar que lo apaleen como a un perro, hay que sacarlo de ahí. Sigue vivo.

Marina se levanta, sin dar señales de haberle oído, y habla con voz inexpresiva:

-Vuelve a casa, Miguel, tienes que cuidar de tu madre.

Él la mira, sin comprender. No llora, ni grita desgarrada por el dolor de su perdida, al igual que otras mujeres que ha visto, que también han perdido a algún ser querido. Ella anda como si no lo hiciera, arrastrando los pies, y sus movimientos son lánguidos y lentos, como los de un fantasma.

Miguel, desde el umbral de la puerta, agarrando el picaporte, la mira una última vez. Y se asusta, y comprende eso que decía su abuelo, antes de morir: Solo una mirada vale más que mil palabras.

Porque cuando la señora Marina clava sus ojos en él, vacíos, sin vida, ve con claridad todo lo que ella siente: rabia, impotencia, asco, hastío, tristeza...Miles de sentimientos condensados en uno solo, el dolor. Solo una mirada, solo una, y sabe que la cándida Marina nunca volverá a ser la misma.



Lágrima Negra. Capítulo 1

Lúa, de 14 años, observaba con sus ojos negros lo que acababa de dibujar en un papel: un chico tendido en el suelo, con la mirada vacía, sin vida.

Eso era lo que había soñado esa noche. Lúa soñaba con sucesos futuros, premoniciones.

Hizo un mohín con los labios en señal de preocupación y arrugó la nariz. Acababa de plasmar la muerte en un papel, y no le gustaba nada. Cerró los ojos con fuerza y deseó que esa vez su visión no se cumpliera.

El chico del dibujo no le era desconocido en absoluto, se llamaba Keith.

Keith tenía tres años más que ella, vivía solo y nunca hablaba con nadie. Era totalmente introvertido, tildado de raro por el pueblo entero.

Lúa escuchó la voz de su padre, que la llamaba desde la cocina:

-Cielo, ¿podrías ir a por agua al pozo?

-¡Ya voy!- Contestó Lúa desde el piso de arriba. Guardó el dibujo en una carpeta junto con los demás y bajó corriendo las escaleras. Salió de su casa y se dirigió al pozo, a las afueras del pueblo, en el bosque. Al llegar, Lúa creyó ver a Keith entre los árboles. Sacudió la cabeza, aturdida, y se giró hacia el hondo pozo de piedra. Seguro que sus ojos le habían jugado una mala pasada, ¿Qué haría él a esas horas de la mañana por aquí? Era demasiado pronto.

Al no poder alcanzar el cubo, que pendía de una tosca cadena, se inclinó sobre el borde. Escuchó un lastimero quejido proveniente de la piedra, y en un abrir y cerrar de ojos, las rocas del borde se desprendieron y ella, entre gritos, cayó a la profunda oscuridad del pozo.

La agónica caída culminó en el agua. Araño la húmeda roca, grito, lloró, intentó escalar…pero no sirvió de nada. Lúa vio como el reluciente sol dejaba paso a la blanca luna y las estrellas. Gritaba, desesperada, solo con el eco por respuesta.

Al llegar la medianoche, agotada, hambrienta y entre lágrimas, cerró los ojos y se dejó llevar por las frías aguas del pozo, pero, antes de perecer, escuchó el aullido de un lobo.

Lágrima Negra. Prólogo.


Al principio de los tiempos, antes de la creación del hombre, antes incluso de que en nuestro planeta comenzara a brotar la vida, existían unos seres capaces de dibujar y desdibujar cualquier cosa, viva o no, a su antojo. Se hacían llamar Tinttoretos.
Enemistados con los únicos seres mágicos, capaces de vivir en la superficie, que habían sobrevivido al bélico progreso de la Tierra, los licántropos.
Los Tinttoretos, tratados cual animales de circo por el hombre, se escondieron en el mundo subterráneo y jamás volvieron a salir a la superficie. Al correr de los años, su existencia se convirtió en leyenda; sus inventos, como el papel o la tinta, se atribuyeron al hombre; y su paso por la Tierra, fue olvidado.

Esta es la historia de una excepción. Engendrada entre los hombres, con aspecto humano, sin conocer si quiera su verdadero origen.

Esta es la historia...de Lágrima Negra.

domingo, 2 de mayo de 2010

Nana, experimento nº7. Capítulo 3: Empezando de nuevo.

Bajamos del autobús y me da su número de móvil, yo le doy un beso en la mejilla a modo de despedida. Camino sin rumbo fijo, pensando que voy a hacer ahora, como voy a sobrevivir...me las apañare. No quiero volver a la organización; no quiero volver a escuchar cada noche los gritos desgarradores de los otros "experimentos", ni pensar con angustia en la forma en la que los estarán torturando en ese maldito momento; no quiero volver a tener pesadillas nunca más.
Entonces algo capta mi atención, el cartel de "Se busca dependienta." en el escaparate de una tienda de ropa gótica-heavy-punk. La tienda en cuetión se llama Crom Anaconda, y está en la calle Mariano Barbasan.
Entro con decisión y pisando fuerte con mis botas de boxeo negras. Tras hablar un rato con Liberto, el dueño, un hombre delgaducho y con la cabeza rapada, me contratan. Trabajaré a media jornada de 9:30 a 14:30. Ahora, una de las cosas que más me preocupa, es encontrar un sitio para dormir, se avecina tormenta.
Tiro mi mochila sobre la cama de la pensión en la que me alojaré, no es demasiado cara, y Marta, la casera, es muy amable y maternal. Me tumbo en la cama y miro, con una sonrisa irónica en los labios, mi DNI falso, en el que dice que tengo 18 años. Quien iba a decirles a los de la organización que este carné falso iba ayudarme en mi huida. Supongo, que a ellos no les venía nada bien tener a una menor, legalmente hablando, entre sus arcas. Alguien llama a la puerta, debe ser Marta. Efectivamente, al abrir me la encuentro con un plato de galletas y un vaso entre las manos. Me sonríe, y la dejo entrar.
-Se me ha olvidado decirte que cerramos la puerta a las doce de la noche, y ya de paso te he traido unas galletas de chocolate y nueces recien horneadas. Espero que te gusten, cielo.
-Muchísimas gracias.-Le doy un buen mordisco, y sonrío.-Están riquísimas.
-Me alegro. Te dejo el plato y un vaso de zumo en la mesa, ¿vale? Cuando acabes traemelo a recepción.
-Claro.-Cierro la puerta y me vuelvo a tumbar en la cama. Parece que las cosas, empiezan a ir mejor.

-Muchas gracias por tu compra.-Le tiendo la bolsa, co una sudadera de Nightmare Before Christmas y una falda de la marca Death Kitty, a mi clienta, una chica de largo pelo rubio, labios rojos y ojos color miel, mientras sonrio.-Vuelve pronto.
-Claro, si esta tienda es la polla con cebolla frita del Ikea.
Me rio por su ocurrencia, que tía más cachonda. Sale por la puerta alegremente.
-Nana, ¿podrías colocar los nuevos bolsos que hay en el almacén?
-¡Por supuesto, jefe!-Respondo, imitando el saludo de un soldado a su sargento. Entro en el polvoriento y oscuro almacén, en busca de las cajas que contienen los bolsos con dibujos de Favole, obra de Victoria Francés. Ya han pasado dos semanas desde mi huida, dos semanas desde que conocí a Lucas. En ese tiempo, no hemos parado de hablar por teléfono, y casi todos los días viene a verme a la tienda, justo después de salir del instituto. Frunzo el ceño, preocupada, aunque la gente de la organización no ha intentado atraparme todavía, se que me han encontrado. Solo están esperando el momento oportuno...
Una noche, me desperté entre gritos, presa de mis torturadoras pesadillas, que cada día eran más y más reales, me levanté abatida y me asomé a la ventana para respirar aire puro, intentando, sin éxito, despejarme. En la penumbra de la noche, cercano a una farola de luz amarillenta, un hombre fumaba un cigarrillo, protegiendose del frío con una gabardina negra. El hombre misterioso tiró la colilla al suelo y dió un paso hacia la luz de la farola, con una macabra sonrisa en los labios. Una sonrisa que reconocería en cualquier parte. La que protagoniza todas mi pesadillas. La fría sonrisa de Vlad.
Me apoyo en la pared del viejo almacén, inmersa en mis recuerdos y con los ojos anegados en lágrimas. Estoy muerta de miedo. Me enjugo las lágrimas y respiro hondo. Será mejor que salga ya con los bolsos, mi jefe se estará preguntando por que tardo tanto. Subo las escaleras, la madera cruje bajo la leve presión de mis converse all stars negras. Empiezo a colocar los bolsos en la estantería circular de la esquina, cerca de los cinturones y las pulseras de tachuelas, reservando los dos que tengan el dibujo más brutal para el escaparate.
Las campanillas de la puerta tintinean, un cliente entra. Me giro para darle la bienvenida con una sonrisa, que se ensancha todavía más al ver de quien se trata.
-¡Lucas!-Corro y me tiro a sus brazos, con tanto impetu, que casi hago que nos caigamos al suelo. Me aprieta contra él, rodeandome la cintura con los brazos. En cuanto le planto un beso en la mejilla, mi jefe hace uno de sus clásicos comentarios fugaces, esos que consiguen que me suba toda la sangre a la cara y hacen que me ponga roja.-Eh, tortolitos, si pensais daros el lote apartaos de la puerta, que me espantais a los clientes.
Me separo de Lucas y empiezo a balbucear:
-No...Él y yo no...vamos, que no estamos...-bufo, con una expresión enfurruñada, y mi jefe se rie.
-Hoy estrenan Alicia en el País de las Maravillas, de Tim Burton, ¿te apetece ir a verla al "Palafox"?-Me pregunta Lucas. Yo asiento, emocionada. Quedamos a las 18:00 en la puerta de la tienda.
Se que quizá no debería salir por ahí, que debería ir de la pensión al trabajo y del trabajo a la pensión, pero no puedo evitarlo, Lucas me hace sentir segura, me hace sentir libre.

martes, 20 de abril de 2010

Nana, experimento nº 7. Capítulo 2: Encuentro

Seguramente ya habrán dado la alarma de mi fuga, pero tengo tiempo, todavía estarán intentando que Vlad se recupere. Ya viene el autobus. Antes de subir, echo un rápido vistazo a la calle, nadie me sigue...de momento.
El autobús está casi lleno, solo quedan dos asientos, y uno de ellos está ocupado por la funda de una guitarra o un bajo. El propietario de esta tiene mi misma edad, quizá un año más. Con los cascos puestos, marca el ritmo con los pies, enfundados en unas botas estilo militar negras. Lleva unos vaqueros oscuros rotos y una camiseta desteñida de los Sex Pistols.
De repente, el autobús da un frenazo, y yo me precipito hacia el suelo.
-Oye tía, ¿estás bien?-escucho una voz cálida y levemente ronca. Levanto la cabeza y doy de lleno con la mirada penetrante del chico de antes. Me tiende la mano para ayudar a levantarme, dudo un momento, pensando en lo que pasará, pero al final la acepto, agradecida. Al rozar su suave piel con las yemas de los dedos, me quedo completamente bloqueada, y una vertiginosa sucesión de imágenes pasa rauda por mi cabeza: Una iglesia; un ataúd; y un niño que llora ante la expresión serena de su madre, que jamás despertará.
Salgo del trance y clavo mis ojos avellana en los suyos, color gris, tiene unas manchitas negras cerca del borde, lo que hace que sus ojos parezcan mucho más claros de lo que son en realidad.
-¿Seguro que estás bien?-me mira preocupado. Asiento y le lanzo mi sonrisa más radiante. Él también sonrie y aparta la funda.-¿Quieres sentarte?
-Claro.-Me acomodo a su lado. Desprende un aura de calidez impresionante, atrayente.
-Soy Lucas.-El pelo negro y ondulado le cae sobre la frente, cubriendole la nuca y parte de las orejas. Lleva un pendiente plateado en el lóbulo derecho. Me muerdo el labio, nerviosa, y doy con mi piercing de semi-aro, también en el lateral derecho. Quizá sea arriesgado decirle mi verdadero nombre, ya habrán empezado a buscarme. No pararán hasta encontrarme, lo se.
-Yo soy Nana.
-Nana...significa siete en japonés, ¿no?.-le miro sorprendida mientras asiento, es la primera vez que conozco a alguien que lo sepa, aunque, la verdad, no he conocido a mucha gente.
"Experimento nº 7", así me llamaban todos en la organización. Sonrio y cambio rápidamente de tema.
-¿Tocas el bajo?-pregunto mientras señalo la funda entre sus piernas.
-Si, ¿quieres verlo?-Asiento enérgicamente. Baja la cremallera y saca un reluciente bajo color rojo.
-¡Por mi madre! Un Fender modelo American Jazz Bass standard, con cuerpo de fresno y diapasón de arce.-Me mira, impresionado, y yo le sonrío tímidamente.-Perdona, creo que me he emocionado demasiado.- Se rie a carcajada limpia, enseñando unos dientes perfectos, y me mira con los ojos brillantes.
-Está bien, me gusta tu entusiasmo.-Me sonrojo violentamente, lo que hace que se ría aún más, me arde la cara, pero al final, acabo uniéndome a su musical risa. Cuando dominamos la risa tonta, sigue hablando.-¿Tú tocas algún instrumento?
-Nunca he tenido oportunidad de aprender.
-Siempre se tiene oportunidad para aprender algo.-Bajo la mirada, triste, y con un hilo de voz respondo.
-No siempre.-No puedo evitar acordarme de aquella pequeña y fría habitación en la que me tenían recluida, amueblada solamente con una dura cama, un espejo sucio y, gracias a Dios, un váter y una ducha con agua caliente. Para lo único que podía salir de allí, era para que me hicieran análisis de sangre y experimentos varios, o, también, cuando cambiábamos de sede.
Lucas me mira, interrogante y preocupado. Posa su mano sobre mi hombro y me da un leve apretón.
-Hey, Nana.-le miro, intentando parecer alegre, no quiero que se preocupe por mi, no quiero que sufra por mi. Se percata de que no quiero hablar del tema. Que curioso, nos acabamos de conocer y es como si lleváramos toda la vida juntos. Me revuelve mi corta y despuntada melena castaña, con dulzura.-¿Te gustaría aprender a tocar el bajo?
-¡Sí, por favor!-Me quito la chupa negra para estar más cómoda, dejando ver mi camiseta casera de Dead is the new alive. Me aliso la falda de tablas con estampado escocés y acomodo con cuidado el bajo sobre mis piernas, cubiertas con unas medias de rejilla negra bastante desgastadas.
-A ver, coloca los dedos así...-me indica mientras dirige con maestría mis manos.-y ahora pulsea con la púa la última cuerda.

Me enseña algunas notas, reímos y hacemos un poco el pavo. Charlamos sobre música, literatura y cine gore y de terror; me cuenta cosas de su padre, es neurólogo, pero tiene un horario tan cerrado que apenas está en casa, al hablar de ello baja la voz y aparta la mirada. Le abrazo con todas mis fuerzas, intentando transmitirle todo mi apoyo, al principio se queda quieto, sin saber que hacer, pero finalmente se rinde, y me devuelve el abrazo. Sonrío para mis adentros, por que ese abrazo, es precisamente el que me hace ver que hay algo más alla de las paredes grises de aquella pequeña y fría habitación.

domingo, 18 de abril de 2010

Nana, experimento nº 7. Capítulo 1: Fuga

La cálida luz del sol rebota contra los cristales tintados del coche, apoyo la cabeza contra la ventanilla, intentando impregnarme de esa calidez, pero nada. Todo lo que me rodea está frío, incluso los sentimientos de mis compañeros de viaje. Crueles, trajeados y con el ceño fruncido.
Me remuevo en el asiento trasero, incómoda. Vlad me mira con mala cara, siempre vigilante.
-Muy inquieta estás tu hoy.-Me parece que se huele algo, es condenadamente intuitivo. Suspiro y cierro los ojos.
-Llevamos tres horas viajando sin parar, estoy cansada.
-Cuando lleguemos a la nueva sede podrás descansar. Hemos puesto un poster de los Jonas Brothers en tu nueva habitación.
-¿Los Jonas Brothers?-pregunto asqueada. Llevo con ellos desde los doce años (ahora tengo dieciséis), y ni siquiera se han molestado en averiguar lo que me gusta.

Llegamos a una plaza llena de gente, es el momento. Me arremango el mitón negro de la mano izquierda, sin que nadie lo note, y agarro a Vlad por la muñeca. Al entrar en contacto con mi piel, empieza a temblar violentamente y a escupir sangre por la boca.
Me desabrocho el cinturón, cojo la mochila a mis pies y salgo disparada del coche.
Me mezclo con el gentío y corro como nunca lo he hecho, corro hacia la libertad. La gente a mi alrededor me mira de vez en cuando, pero no le dan importancia y continúan su camino.

Me escondo en el baño de una cafetería cercana, y abro mi mochila para sacar la cartera. 65 Euros, eso es todo lo que llevo. Todo lo que he podido robar de la antigua, y ahora abandonada, sede. Espero que dé para algo de comida y un billete de autobús a Zaragoza.

viernes, 9 de abril de 2010

Nana, experimento nº 7. Prefacio.

El rojo se extiende sobre el blanco, ensuciando su pureza.
La solitaria bombilla que pende del techo parpadea, presa de los altibajos en la red eléctrica, provocados por la máquina de electroshock que me tortura. Aprieto los dientes, preparada para otra descarga. Grito con todas mis fuerzas, intentando expulsar el lacerante dolor que me quema por dentro. Clavo las uñas en la camilla a la que me tienen atada hasta casi romper el cuero. Las lágrimas resbalan por mis mejillas, ya no aguanto más, creo que me voy a desmayar.
Vlad me muestra su macabra sonrisa, se que está disfrutando con esto. He causado muchos problemas a la organización, y lo que me están haciendo ahora, es poco con el castigo que él tenía planeado para mí.
Lucas está tirado en el suelo, a mi lado. El cabrón de Vlad ha mandado colocar un espejo en el techo para que, como dijo él, pueda acompañar a mi Romeo en sus últimos minutos.
Lucas lucha contra los débiles latidos de su corazón, que se empeñan en desaparecer. Su reflejo me sonríe, intentando transmitirme todo lo que siente con una sola mirada. Pero no puedo dejar de mirar con impotencia, como su sangre se extiende sobre el blanco mármol.
No puedo dejar de pensar, que si no me hubiera acercado a él en aquel viejo autobús, ahora
Lucas no estaría a punto de morir.