-Cielo, no leas en el coche que te marearas.- Mi madre me miró desde el asiento del copiloto, con una agradable y cariñosa sonrisa en los labios. Me miró con cariño y se formaron unas ligeras arruguitas en el rabillo de sus ojos color hielo. Se soltó un mechón caoba de su perfecto moño bajo, contrastando con la lustrosa piel blanca de su afinado y femenino rostro. Era una mujer muy guapa.
-Está bien, mamá.- Puse el marca páginas y cerré el libro: “Muerte de tinta, por Cornelia Funke”, el último libro de mi trilogía favorita. Lo metí con cuidado en mi mochila. Le devolví la sonrisa, con cariño. Miré por la ventanilla, un sol resplandeciente lucía en lo alto de un cielo tan azul y despejado que parecía casi surrealista, más propio del verano que del fresco otoño que pronto empezaría, “buen presagio” había dicho mi madre. Miré la hora en el reloj atado a mi muñeca derecha. Las manecillas marcaban las 10:40.- ¿Queda mucho para llegar?
-No, ya casi estamos.- Mi padre, al volante de nuestro coche (un antiguo Volkswagen “escarabajo” negro al que le habían cambiado alguna que otra pieza para que aguantase lo mismo que un coche del siglo XXI), era un hombre de mandíbula cuadrada, corto y rizado pelo negro, y ojos color chocolate, al igual que los míos.- Pronto empezara nuestra nueva vida.
Sonrió y palmeó la rodilla de mi madre con cariño.
-Karen, dame una galleta.- Mi padre abrió la boca y Karen, mi madre, le metió una galleta de chocolate entre los dientes, mientras reía.
Nuestra nueva vida, mi madre era médico cardiólogo y mi padre era el jefe y chef principal de su restaurante “El valle de las hadas”. A mi madre le habían trasladado al Hospital Royo Villanova, en Zaragoza, así que para mayor comodidad, en cuanto a moverse de casa al trabajo y del trabajo a casa, tuvimos que dejar nuestro pequeño piso en el centro de la ciudad y mudarnos a un adosado cerca de las afueras. No me importaba en absoluto cambiarme de casa, pero si me daba un poco de mala espina dejar a mi grupo de amigos e ir a un instituto donde no conocía a nadie.
Mi padre aparcó en el badenn de la casa, me desabroché el cinturón y salí del coche de un salto. Tuve que hacer algún que otro malabarismo para que no se volcara el contenido de la mochila de pana morada que llevaba colgada a la espalda, la cual no había conseguido cerrar, pues estaba a rebosar de pinturas de colores, lápices, libros que hablaban de lugares fantásticos, cómics manga, y mi cuaderno de dibujo.
Una hilera de casas de dos plantas, con buhardilla y jardín, se extendía a lo largo de la calle. Nuestra casa en particular, era maravillosa (bueno, a mi me lo parecía, claro). Se alzaba majestuosa y de aspecto antiguo, con las paredes de madera blanca y las puertas y contraventanas negras, también de madera, había una ventana redonda, por donde cabría perfectamente mi delgado cuerpo, la ventana de la buhardilla. Una escalinata de madera subía hasta el porche, donde había una mesita de forja y un par de sillas de mimbre al lado de la puerta acristalada de la entrada, en cuyos cristales, al reflejarse la cálida luz del sol, bailaban unos haces de luz de tonos arco iris. Una de las paredes de la casa estaba cubierta por una oscura hiedra.
Nuestro jardín era uno de los pocos que tenía un árbol (u otro vegetal vivo, que acompañase al perfectamente cortado césped de un esplendoroso verde, creciendo en la tierra y no en macetas o tiestos de barro), la hierba estaba cubierta de un manto de hojas rojizas y anaranjadas que habían caído de nuestro grueso y viejo roble, situado en la esquina izquierda más próxima a la calle y también la más alejada del garaje, una de las ramas del roble era perfecta para construirse un columpio. Miré embobada la casa. Los ojos me brillaban de pura emoción y una sonrisa que mezclaba felicidad y una turbadora euforia afloró con rapidez a mis gruesos y sonrosados labios nada más fijar la vista en aquella encantadora casa, que tanto me recordaba al antiguo caserón de la novela “Las Crónicas de Spiderwick”, otro de mis libros predilectos.
-Preciosa, ¿Verdad?- preguntó mi padre mientras abría el maletero y empezaba a sacar las cajas que no se había llevado el camión de la mudanza.
Asentí con lentitud y me giré para coger la pequeña y sorprendentemente pesada caja de cartón que me entregaba mi madre, y que rezaba las palabras “FRAGIL” en un lateral y “VAJILLA” en el otro. Empecé a caminar con la caja en las manos, mientras mi madre se adelantaba y abría la puerta de la casa con sus nuevas llaves. La brisa agitó levemente unas campanillas plateadas que colgaban del techo, dentro de la casa, su plácido tintineo me supo a gloria. Me paré a mitad del sendero de pulcra piedra blanca, que iba desde la acera hasta la escalinata del porche, cerré los ojos con una ligera sonrisa, y dejé que la misma brisa que había agitado antes las campanillas, sacudiera ahora mi rizada cabellera rojiza (ya lo se, ¿de dónde he sacado mi melena pelirroja si mis padres no tienen ese color de pelo tan llamativo? Sencilla respuesta: soy adoptada).
La brisa trajo un olor a tierra mojada y hoguera, proveniente del jardín de la casa a la izquierda de la nuestra, que me embriagó. Arrugué mi pecosa y respingona nariz, por un instante aquel delicioso olor se había transformado en un desagradable hedor propio del azufre, relajé el rostro cuando volvió a su exquisito perfume anterior.
Sentí una aguda punzada en las sienes. Abrí los ojos de golpe y giré la cabeza precipitadamente hacia el chico, de unos 17 años más o menos, que recogía hojas con un rastrillo en el jardín de la izquierda, y que ahora clavaba en mi sus ojos verdes, casi fosforitos, hipnotizantes y penetrantes, con un semblante serio, preocupado y sorprendido a la vez, sobretodo preocupado. Al clavar mis ojos en los suyos, un escalofrío recorrió vertiginoso todo mi cuerpo, haciendo que cada una de mis neuronas se concentrara exclusivamente en hacer bullir la sangre que corría por mis venas. Empezaron a pitarme los oídos. Por unos instantes mi mente se quedó en blanco y solo podía mirarle a los ojos. Mi cuerpo no respondía, ni mi mente; no podía dejar de mirar esas cautivadoras orbes color verde fosforescente que tenía por ojos, de hecho no quería dejar de mirarlas. Una hoja otoñal, movida por la brisa, se cruzó en mi campo de visión, y cuando conseguí apartar la mirada de sus ojos verdes, sacudí confusa la cabeza. Analicé todos y cada uno de sus rasgos al detalle: el pelo negro y desaliñado, como recortado a golpe de navaja; la piel de apariencia suave, aceitunada, tirando a morena; las manos anchas, sujetando firmemente el mango del rastrillo; los labios finos; la nariz recta, de perfil griego; una camiseta color chocolate, ni muy ancha ni muy ajustada, que marcaba los músculos de los brazos y la espalda, arremangada hasta los codos; los vaqueros oscuros, desgastados aposta a la altura de la rodilla; unas zapatillas negras; y una fina cadena de plata, que se escondía bajo el cuello de la camiseta. Todo él en si era de una perfección sublime, irreal. Demasiado bello para ser de este mundo. Seguía mirándome con esa extraña expresión que mezclaba tantos sentimientos en su perfecto rostro.
Noté como el calor subía rápidamente hasta mis mejillas, tiñéndolas violentamente de un fuerte carmesí. Sus ojos seguían clavados en mi, mientras yo me apresuraba a caminar hacia la puerta abierta de la casa, con la mirada gacha. Me tropecé con mis propios pies y caí de bruces al suelo, aun manteniendo la caja en alto. Mis padres se acercaron a mi con cara de preocupación.
-Cielo, ¿Te has hecho daño?
-Estoy bien, mamá. Lo que me preocupa es la vajilla.-Contesté mientras mi padre me ayudaba a levantarme.
Me sacudí la ropa mientras mi madre hablaba sin parar.
-La vajilla esta bien, pero si se hubiese roto habríamos comprado otra. Lo importante es que no te has hecho daño tu y...
-Karen, tranquila.-le cortó mi padre.-Con la de veces que la niña se ha caído a lo largo de su vida, no creo que haga falta que te preocupes tanto.
Niña, 16 años recién cumplidos y aun seguían llamándome niña. En fin, son mis padres, que más da.
-Vale, vale. Venga, vamos a terminar de meter las cosas en casa.-dijo mi madre, entrando en la casa con unas cuantas cajas en las manos, entre ellas la vajilla.
Cogí las pocas cajas que quedaban en el coche y cerré el maletero.
Al llegar a la escalinata del porche, me giré hacia el misterioso chico del jardín de al lado. Se había dado la vuelta, sujetaba el rastrillo con una mano, con tanta fuerza que podría partirlo por la mitad, y cargaba al hombro una bolsa de basura llena de hojas caídas. Caminaba, casi corría, hacia su casa. De repente, se detuvo y giró la cabeza, lanzándome una nerviosa mirada de reojo. Agarró con más fuerza el rastrillo, crispando los dedos, tiró la bolsa de basura al contenedor de la calle y entró en su casa, dando un portazo.
Un carraspeo me sacó de mi ensimismamiento, me giré y vi a un hombre bajito y regordete, con un bigote negro tan denso como el de una morsa, vestía un mono azul oscuro y una gorra con el logotipo de la compañía de mudanza que había contratado mi padre. Aquel hombre me recordó terriblemente a Super Mario Bros.
-Hola, vengo a entregar unos muebles a nombre de Juan Reynes. ¿Es aquí?
-Si, si, aquí es.-respondí apresuradamente-Espere un momento, que voy a avisar a mi padre.
Entre en casa y le dije a mi padre que los de la mudanza ya habían llegado, y salió a firmar el recibo.
Me apoyé en el marco de la puerta de mi habitación, situada en la buhardilla, y observé orgullosa mi cuarto, decorado con muebles de estilo gótico-vintage. Acababa de darle el último toque con unas fotos y algún que otro póster desperdigados magistralmente por la pared, y había quedado realmente bien. Hacía poco que habíamos terminado de desembalar las cosas y ponerlas en su sitio.
Ya era de noche. Me puse mi pijama de la marca Skelanimals y bajé a la cocina para poner la mesa y ayudar a mis padres con la cena. Mañana empezaría en el nuevo instituto.
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