Lúa, de 14 años, observaba con sus ojos negros lo que acababa de dibujar en un papel: un chico tendido en el suelo, con la mirada vacía, sin vida.
Eso era lo que había soñado esa noche. Lúa soñaba con sucesos futuros, premoniciones.
Hizo un mohín con los labios en señal de preocupación y arrugó la nariz. Acababa de plasmar la muerte en un papel, y no le gustaba nada. Cerró los ojos con fuerza y deseó que esa vez su visión no se cumpliera.
El chico del dibujo no le era desconocido en absoluto, se llamaba Keith.
Keith tenía tres años más que ella, vivía solo y nunca hablaba con nadie. Era totalmente introvertido, tildado de raro por el pueblo entero.
Lúa escuchó la voz de su padre, que la llamaba desde la cocina:
-Cielo, ¿podrías ir a por agua al pozo?
-¡Ya voy!- Contestó Lúa desde el piso de arriba. Guardó el dibujo en una carpeta junto con los demás y bajó corriendo las escaleras. Salió de su casa y se dirigió al pozo, a las afueras del pueblo, en el bosque. Al llegar, Lúa creyó ver a Keith entre los árboles. Sacudió la cabeza, aturdida, y se giró hacia el hondo pozo de piedra. Seguro que sus ojos le habían jugado una mala pasada, ¿Qué haría él a esas horas de la mañana por aquí? Era demasiado pronto.
Al no poder alcanzar el cubo, que pendía de una tosca cadena, se inclinó sobre el borde. Escuchó un lastimero quejido proveniente de la piedra, y en un abrir y cerrar de ojos, las rocas del borde se desprendieron y ella, entre gritos, cayó a la profunda oscuridad del pozo.
La agónica caída culminó en el agua. Araño la húmeda roca, grito, lloró, intentó escalar…pero no sirvió de nada. Lúa vio como el reluciente sol dejaba paso a la blanca luna y las estrellas. Gritaba, desesperada, solo con el eco por respuesta.
Al llegar la medianoche, agotada, hambrienta y entre lágrimas, cerró los ojos y se dejó llevar por las frías aguas del pozo, pero, antes de perecer, escuchó el aullido de un lobo.
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