Siempre he pensado que moriría de viejo. Pelo cano; sentado en un sillón orejero, cerca de la chimenea; con las piernas cubiertas por una manta de lana oscura; y las gafas apoyadas sobre la punta de mi nariz. Siempre he pensado que moriría sereno, con una taza de café caliente aún entre las manos arrugadas, igual que mi abuelo.
Pero no tengo 87 años, sino apenas 19; y este baño unisex de una discoteca de mala muerte, no se parece en nada al salón de mi casa...Y tengo miedo.
Me agarro a la blanquecina taza del váter, desesperado. De rodillas en el suelo, me clavo cristales en las piernas, seguramente de alguna botella rota, y no dejo de vomitar.
El olor amargo de la bilis se mezcla con el clásico y desagradable hedor de baño pútrido, produciéndome más arcadas. En pocas palabras: Apesta.
Salgo del cubículo maloliente a duras penas. Mis piernas tiemblan, adormecidas, y apenas puedo caminar. Me apoyo en la pila del lavabo para no caerme. La luz amarillenta del fluorescente y la música distorsionada que suena al otro lado de la puerta, me taladran la cabeza.
Se lo que parezco, un borracho, un irresponsable que se ha alcoholizado sin conocimiento. Pero no es el caso, hace semanas que no bebo, y esta noche no es la excepción. No he probado ni una gota, absolutamente nada.
Un par de chicas entran en el baño, canturreando la consigna que se había puesto de moda hará un par de días: "La música es mi droga".
Drogas...que sabrán ellas. Cuando se dan cuenta de que estoy aquí, me miran con curiosidad, intentando sacar algún buen cotilleo para comenzar un rumor. Estúpidas.
-Fuera.-Les ordeno con voz ronca. Ellas cuchichean, sin dejar de mirarme. Me giro hacia ellas con brusquedad, con furia, y les grito.-¡HE DICHO FUERA!
Ellas salen del baño, asustadas, y me dejan solo.
Respiro entrecortadamente y la tos me embiste la garganta. Escupo saliva y sangre sobre las baldosas sucias, me cuesta hasta parpadear.
Me miro en el espejo agrietado, y lo que veo me da asco:
Mi piel está de un blanco enfermizo; un hilillo de sangre mancha la comisura de mis labios, secos y pelados; tengo unas ojeras muy marcadas, oscuras e hinchadas; el pelo negro se me pega a la frente a causa del sudor, un sudor frío y desagradable; tiemblo; tirito...y mi reflejo me devuelve la mirada, con sus ojos azules inyectados en sangre.
Saco el móvil del bolsillo de mis vaqueros caídos, y marco el número de Nora con dedos temblorosos. Su voz dulce me contesta desde la otra línea:
-¿Diga? Yo misma al habla.
Aspiro aire y trago saliva, pero no digo nada. Ella insiste:
-¿Hola?, ¿hay alguien ahí? Eo-Eo.
-Perdóname.-Mi voz se quiebra y una lágrima resbala por mi mejilla. Ella, estupefacta, balbucea mi nombre. Pero yo cuelgo, sin añadir nada más, dejándola con las palabras en la boca.
Me apoyo en la pared, abatido, soltando lágrimas como un descosido, y me dejo resbalar hasta el suelo. Aprieto los ojos con fuerza e inspiro hondo.
Siempre he pensado que moriría de viejo, y me equivocaba. Porque mi corazón, ha dejado de latir.
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