martes, 11 de mayo de 2010

Solo una mirada.

España, 1940.

La luz del sol de la tarde entra por la ventana, iluminando las paredes blancas de la casa y la decoración austera. Una avispa vuela rauda, atraída por el polen de la rosa roja que decora la mesa. La flor bebe agua en su pequeño jarroncito gris-azulado, contrastando con el color claro del mantel.

Una suave brisa mece las copas de los árboles, llevándose consigo semillas que aterrizaran en algún lugar, quizás cercano, quizás lejano, y, llegado el momento, brotarán. Un gorrión trina, sobrevolando la pequeña casa de la colina. Es un día cálido y apacible, y parece mentira que, hace apenas un año, haya terminado la Guerra Civil.

Marina Montes está preocupada, sí, lo está, y mucho. Sentada en una silla de madera oscura, se retuerce las manos sobre el delantal manchado de tierra, mirando fijamente la puerta de entrada. Las patatas que recogió hace horas en el huerto siguen todavía en la cesta de mimbre, sin pelar y manchadas de greda; el arroz de la cazuela, que descansa sobre las brasas apagadas de la chimenea, ya se habrá pasado, pero a ella le da igual. Su marido Salvador y su hijo Antonio han partido de madrugada hacia la profundidad de los bosques, para encontrarse con el pequeño grupo de maquis que se esconde en las montañas. Han partido ya hace mucho, y aún no han vuelto.

Nerviosa, se pasa las manos por el pelo castaño y levemente canoso, recogido en un moño sencillo; se alisa innecesariamente la falda marrón de cuadros, esperando escuchar el ladrido del perro, avisándole de si alguien viene. Y entonces, ante el sonido de unos pasos enérgicos y acelerados, el perro se pone a ladrar. Marina se levanta con tanto ímpetu de la silla, que la tira al suelo. Con el corazón en un puño, sale afuera. A lo lejos, entre las sombras de los árboles, distingue una silueta. Solo una. Viene corriendo, y cuando está más cerca, le ve. Se trata de Miguel, un chico cuyo hermano mayor pertenece al grupo de rebeldes, ese grupo con el que su familia ha ido a reunirse.

Marina entra en la casa, acompañada de Miguel, y cierra la puerta tras de si. Lo mismo hace con la ventana y las cortinas. Se gira hacia el niño, pero él no se atreve a mirarle a los ojos:

-Miguel, ¿qué ha pasado?, ¿tienes noticias?-Él solo asiente, pero no dice nada más. Se acuclilla frente al niño y le agarra por los hombros, sacudiéndolo con ligereza.-¡Miguel, por favor, ¿qué ha pasado?!

El niño clava sus ojos azules en los de ella, pardos, y Marina Montes, solo necesita esa mirada inocente, esos ojos llorosos, para saber que algo ha salido mal. Miguel habla al fin, con voz cascada y temblorosa:

-Hubo una redada, los nacionales les salieron al paso. Han caído muchos hombres, señora Marina, demasiados. Mi hermano...intento sacarlos de ahí...pero ya era tarde...yo...yo...¡Lo siento tanto señora Marina, lo siento tanto!-El chiquillo rompe a llorar en sus brazos, dejando de lado la faceta de hombre de la casa que había tenido que adoptar, volviendo a ser por un instante, el niño desconsolado que la guerra se había llevado.-¡Su marido...el señor Salvador. Lo siento tanto!

Ella, aún acuclillada, siente que algo se le rompe por dentro. Mira al niño sin ser consciente de hacerlo, y sus manos, aflojan lentamente el agarre en torno a sus bracitos. Él se seca las lágrimas con las mangas de su camisa, y sigue hablando:

-Pero Antonio sigue vivo, señora Marina, sigue vivo. Lo retienen en la casona abandonada cerca del pajar, se dice que lo torturaran hasta que les cuente lo que necesitan oír. No podemos dejar que lo apaleen como a un perro, hay que sacarlo de ahí. Sigue vivo.

Marina se levanta, sin dar señales de haberle oído, y habla con voz inexpresiva:

-Vuelve a casa, Miguel, tienes que cuidar de tu madre.

Él la mira, sin comprender. No llora, ni grita desgarrada por el dolor de su perdida, al igual que otras mujeres que ha visto, que también han perdido a algún ser querido. Ella anda como si no lo hiciera, arrastrando los pies, y sus movimientos son lánguidos y lentos, como los de un fantasma.

Miguel, desde el umbral de la puerta, agarrando el picaporte, la mira una última vez. Y se asusta, y comprende eso que decía su abuelo, antes de morir: Solo una mirada vale más que mil palabras.

Porque cuando la señora Marina clava sus ojos en él, vacíos, sin vida, ve con claridad todo lo que ella siente: rabia, impotencia, asco, hastío, tristeza...Miles de sentimientos condensados en uno solo, el dolor. Solo una mirada, solo una, y sabe que la cándida Marina nunca volverá a ser la misma.



2 comentarios:

Maite Aparicio dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Maite Aparicio dijo...

Esta es la primera parte del relato que presente al concurso del colegio (la 2ª parte no me deja subirla...buf, a veces odio a mi portátil), aunque como veis, no tiene mucho de solidario...es más bien relato histórico.
En fin, si alguno sentía curiosidad por leerselo, ¡AQUÍ ESTÁ!

Disfrutad leyendo y comentar lo que queráis, CRITICADLO, que las críticas son las que me harán mejorar como escritora.
¡Besos y abrazos! ^^

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