sábado, 29 de mayo de 2010

Solo una mirada. 2ª parte.

Con el seco sonido de la puerta al cerrarse, Marina se inclina para enderezar la silla, tirada en el suelo, y ponerla en su sitio, junto a la mesa. Mira a su alrededor, desorientada, como si hubiera despertado después de tener un mal sueño. Cuando sus ojos captan la vieja y desgastada fotografía en blanco y negro de la familia, colocada sobre la repisa de la chimenea, se da cuenta de lo que ha pasado.

Ahoga un grito y se abraza a si misma, pero en la casa no hace frío, el frío lo lleva por dentro.

Una lágrima resbala por su mejilla, pero solo es la guía de todas las que le siguen, silenciosas, deslizándose lentamente por su piel lechosa, como en un desfile fúnebre.

Traga saliva con dificultad, intentando librarse del nudo de su garganta, pero no lo consigue. Quiere gritar, desplomarse en el suelo y no moverse, golpear con rabia lo primero que encuentre, correr sin rumbo...quiere dejar atrás la vida y no volver nunca más. Pero no puede, no mientras su hijo siga vivo. Resuelta, se traga las lágrimas que le quedan todavía por derramar, y devuelve a su sitio un mechón de pelo rebelde, que se ha escapado del agarre de las horquillas. Sube en silencio las escaleras hasta su alcoba, para ponerse su mejor vestido, el de los domingos. Ella bien sabe, al igual que el pueblo entero, quien vigila a los prisioneros cada noche a la luz de un quinqué, en la casona abandonada. También conoce su mayor debilidad: le gustan demasiado las faldas.

Poco después, sale de la casa al amparo de la noche. Camina decidida, dirección norte. En sus manos lleva una cesta con comida caliente y vino. No dejará a su hijo solo, no lo abandonará, no piensa permitir que, según dijo Miguel, lo apaleen como a un perro. Eso nunca.

Mientras, iluminada por la luna llena, la rosa empieza marchitarse.


La luz del quinqué titila, proyectando sombras fantasmagóricas en las paredes de madera carcomida; el olor a moho es insoportable, nauseabundo; las vigas crujen, produciendo sonidos extraños; y las ratas corretean aquí y allá, chillando, histéricas, como si tuvieran miedo de algo que se avecina. A Pascual Herrera parece no importarle todo aquello, de hecho, se siente como pez en el agua, porque esa vieja casona es su territorio; y el miedo, su elemento. Clava sus ojos negro petróleo en el prisionero, con una mueca macabra en los labios. El chico le desafía con la mirada, apretando la mandíbula para que su guardián no se de cuenta de lo que le tiembla. Sí, tiene miedo, lo admite. Antonio Garrido Montes, el chico más valiente y temerario de todo el pueblo, tiene miedo. Él ya sabía a lo que se enfrentaba, lo que podía perder aliándose con los rebeldes, pero ver morir a su padre...era demasiado. Cierra los ojos y lo ve: está tirado en el suelo, rodeado de musgo tintado de rojo; de su boca entreabierta cae un fino hilillo de sangre, tiene el mismo color carmín que el pintalabios de su mujer, ese que se da en las fiestas del pueblo; sus ojos verde aceituna miran sin ver, fijos por azar en el horizonte; en su mano derecha sujeta todavía el revolver, y en la izquierda, el relicario con la foto de su hijo y su mujer; su pelo castaño está sudado y manchado de tierra; huele a cadáver, a muerto; y lo peor, un tiro certero le perfora la cabeza.

Antonio traga saliva, no quiere llorar ahora, no piensa darle esa satisfacción a su guardián.

Cuando vio desplomarse a su padre en el suelo, se le paró el corazón, y todo pareció ir a cámara lenta. Los gritos de sus compañeros sonaban distorsionados en sus oídos. Alguien le tiraba de la camisa, apremiándole para que corriera; pero cuando los músculos de la mano de su padre cedieron, obligándole a abrirla, y vio el relicario, la cólera le cegó. Se zafó del agarre de su camarada y, pistola y cuchillo en mano, echó a correr hacia el asesino. Gritaba, con lágrimas en los ojos, y las manos le temblaban de rabia, pero eso no le impidió matar a sangre fría a los tres soldados que se interpusieron en su camino. Y fue ahí, tan cerca de la venganza, cuando le capturaron.

Mueve los brazos, haciéndose llagas en las muñecas con la basta cuerda que le ata a un poste maloliente. Le han pegado, pero no lo suficiente como para que le cueste moverse, estarán reservando sus mejores armas para mañana.

Pascual se rasca la cicatriz de la cara, que le recorre en diagonal los labios, llegando hasta su pómulo izquierdo. Dibuja una sonrisa burlona y se levanta, acercándose al chico con la escopeta en la mano. Con la punta del arma le alza la barbilla, mirándole desde todos los ángulos, y habla con su voz áspera:

-Vaya, vaya, parece que nos ha tocado un buen ejemplar. Eres joven y fuerte, y valiente, porque no decirlo, aunque idiota para tu desgracia.-Él se inclina, acercándose un poco más, y sigue hablando en un susurro ronco, que habría puesto la piel de gallina a cualquiera.-Pero dime, niñato,¿Tienes miedo de acabar como el asqueroso de tu padre?

Antonio, desafiante, le escupe a la cara. La saliva y la sangre del chico se mezclan con el sudor que empapa la pálida piel del hombre, resbalando por su nariz puntiaguda.

Pascual bufa, cabreado, y alza la escopeta para golpearle. Justo cuando está a punto de arremeter contra él, escucha un ruido de pasos a su espalda. Se vuelve, dando de lleno con una mirada femenina. La mujer avanza dos pasos, con una cesta en las manos. Al moverse, la falda blanca de su vestido se agita.

-¿Que haces aquí?-pregunta Pascual toscamente.

-Perdóneme, señor Herrera, pero he oído hablar de su buena labor para con la causa, y he decidido traerle comida caliente y vino, si a usted no le incomoda, claro.-Ella parpadea, batiendo sus largas y negras pestañas. Al decir “señor Herrera”, se nota un deje de emoción contenida.

-Pasa y sírveme la comida.-le ordena.

Ella deja la cesta en el suelo y saca una pequeña cazuela con estofado, que luego sirve en un plato; media barra de pan; y una botella de vino. Él come habido, y después descorcha la botella con los dientes. Da un largo trago, y no se da cuenta de que el chico y la mujer se miran de soslayo, diciéndose todo con solo una mirada. Cuando vuelve a mirar a la mujer, ella le lanza una media sonrisa pícara, y le habla con una voz grave y seductora:

-Puedo ofrecerle muchas más cosas, si usted lo desea.

Pascual ordena que no se le moleste hasta nueva orden, y cierra la puerta. Cuando vuelve a mirar a la mujer, medio sonríe, burlón. Se levanta y comienza a desabrocharse los pantalones. Con voz autoritaria y postura altiva le vuelve a ordenar:

-Túmbate, mujer.

Ella, obediente, se tumba bocarriba. Él se echa a horcajadas sobre ella, y empieza a besarle el cuello posesivamente, ante la asqueada mirada del chico, que intenta soltarse las ataduras. Entonces, y de forma disimulada, la mujer mete una mano en la cesta, cercana a ellos, y saca el martillo de piedra de un mortero. Le golpea la nuca con fuerza, con rabia y odio contenido, dejándolo inconsciente.

Se lo quita de encima como puede, a duras penas, y le pega un puntapié en la cara. Aunque ella lo había planeado así, por un momento se había sentido violada, sucia.

Corre hacia su hijo, y corta las cuerdas con la navaja del inconsciente. Se miran durante un momento, apenas una fracción de segundo, y se abrazan como si la vida les fuera en ello. Marina besa con infinita ternura la frente ensangrentada de Antonio, y le ayuda a levantarse.

Agarrados de la mano, escapan sigilosamente por un agujero de la pared trasera, saliendo a la protección que el bosque puede otorgar.


-Volveré a por usted, madre. Se lo prometo.

-Ahora corre, hijo, reúnete con tus compañeros. Corre y no mires atrás.

Antonio echa a correr, alejándose de la pequeña casa de la colina, de su madre, y la noche le engulle. Marina sigue con la mirada fija en el sitio que su hijo acababa de abandonar. Suspira y entra en casa, cerrando la puerta con llave tras de sí. Le ha costado mucho convencer a su hijo para que se fuera, le duele en el alma, pero no le queda otra alternativa. Cuando los soldados se hubieran

dado cuenta de que el prisionero había escapado, y con el esa mujer vestida de blanco, lo primero que habrían hecho, sería ir a buscarle a su casa, y entonces...le habrían matado, allí mismo, delante de sus ojos grandes y oscuros.

De repente, el perro se pone a ladrar. Marina da un respingo, asustada. ¿Quién puede ser a esas horas de la noche? Aporrean la puerta con fuerza, y su lúgubre sonido resuena por todos los rincones de la casa. Un hombre grita, despótico. El extraño no se hace de rogar, y tira la puerta abajo. Afuera está muy oscuro, y los rasgos del hombre no se distinguen. Entra en la casa, seguido de unos hombres vestidos de uniforme, y la escasa luz de la luna le alumbra. Una enorme cicatriz le afea la cara, blanca como la cal. Al hablar, su voz macabra parece la de la mismísima muerte:

-Es ella.

Todo sucede muy rápido: Los soldados la prenden, ella intenta resistirse, pero son demasiados; le vendan los ojos, y le obligan a caminar a punta de pistola; cuando se los destapan, se encuentra en un terreno casi desprovisto de vegetación alguna, seguramente en las afueras; y la acorralan contra un árbol de tronco endeble y ramas retorcidas, con las manos atadas a la espalda.

Pascual se acerca a ella, con sangre seca en la nuca, y le agarra por la barbilla, mirándole con asco.

-¿Unas últimas palabras, mujer?-Marina le mira desafiante, tragándose el miedo y las lágrimas de rabia e impotencia, y habla con voz firme:

-Mirad a vuestro alrededor. Algún día, esta etapa de prejuicios e injusticia terminará, y entonces, os daréis cuenta de lo que realmente importa: el amor y la ayuda al prójimo. Os daréis cuenta de que todos somos iguales, todos, sin tener en cuenta la raza o el sexo, porque todos, tenemos corazón. Vamos, solo una mirada, una nada más, y veréis, que el dinero y el poder no lo son todo, que lo único que nos hace personas de verdad, es ayudar a los demás.

-¡Ya has hablado suficiente!-Pascual encolerizado, le golpea en la cara. La sangre resbala por la nariz pequeña de Marina, tiñéndole la piel. Él se hecha hacia atrás y levanta la pistola. Sin vacilar, sin pensar en lo que acaba de oír, dispara.


A lo lejos, Antonio divisa la pequeña casa de la colina, su hogar. No debería estar aquí, lo sabe, hace apenas un día que su madre le ayudo a escapar, pero aquella mañana ha tenido un mal presentimiento. Está a unos pocos metros, unos cuantos pasos más y se asegurará de que ese mal presentimiento era solo eso, un mal presentimiento. Los pasos sigilosos se vuelven más rápidos, menos cautelosos, hasta acabar convirtiéndose en zancadas. Llega al umbral de la puerta, y sabe que todo ha salido mal:

Han echado la puerta abajo; el suelo es un mar de platos rotos y añicos de cristal, casi parece un cielo estrellado; y su madre no está.

La llama a gritos, pero nadie contesta; recorre cada uno de los más recónditos rincones de la casa y el huerto, pero no encuentra a nadie; no hay nada, ni una señal, ni una nota, nada.

Entre los cristales rotos, cercanos a la chimenea, encuentra la fotografía que antes estaba en la repisa. La observa detenidamente: su padre, su madre y él sonríen desde la instantánea, acurrucados bajo un árbol que les da sombra, ese árbol que talaron para hacer leña a poco de empezar la guerra.

Una lágrima resbala por su mejilla, cayendo sobre el papel. Mira de soslayo la mesa, la rosa roja sigue marchitándose, derramando pétalos sobre el mantel blanco. Los pétalos marchitos tienen el mismo color que la sangre de su padre, que el pintalabios carmín para los días de fiesta en el pueblo, el mismo color...que empapó ayer el vestido de los domingos de su madre, blanco igual que el mantel.

Suspira entrecortadamente y se seca las lágrimas, que no dejan de correr. Suspira, y guarda la fotografía en el bolsillo de su pantalón oscuro. Suspira una y otra vez, porque sabe, solo con echar un vistazo a la casa abandonada, que para él nada volverá a ser lo mismo.

Porque solo una mirada vale más que mil palabras.

1 comentarios:

Maite Aparicio dijo...

Al fin he podido subir la 2ª parte!!!!!! Al fin!!!!

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